Andaba yo por tercero o cuarto de la E.G.B. cuando tomé conciencia de que tenía un enemigo. Para más señas, un enemigo al que acompañaba el mismo adjetivo que al amigo de todos mis compañeros: invisible.
Porque siempre he pensado que ese tio/a, ya que al ser invisible y además mudo es difícil de catalogar en un género, le encantaba putearme. Allá que iba yo y regalaba un libro chulo del barco de vapor, pues el cabrón iba y me endiñaba un chupachú con el palo tó mordido. Que regalaba un cuaderno con un portaminas de última generación, pues el jodido se dignaba a regalarme un lápiz de esos negros y amarillos con el único añadido extraordinario de una goma de borrar que solo servía para emborronar mi maltrecho librito de palotes.
No recuerdo en que curso repitió aquel enemigo que me había estado persiguiendo desde preescolar, pero la cosa es que un día desapareció de mi vida. Fueron unos años maravillosos. Llenos de una felicidad únicamente comparables a los vividos al lado de mi churri (esta noche seguro que mojo…). Pero desgraciadamente, el enemigo sin género, el/la cabrón/a, se coló en una barbacoa.
En un primer momento fue ilusionante: todos amiguitos, con pastuqui aunque solo fueran cinco leuros de límite y, sobre todo, que de mayor las cosas de la infancia se recuerdan con algo de añoranza y de cariño.
Pues el/la muy hijo/a de puta vino a recordarme que de amigo no tenía ná de ná. Una espadita con sus guanteletes de plástico duro a juego, y una caja registradora con billetes que ni servían para el monopoli fue su carta de presentación. Me lo tomé con calma y sirvió para que todo el mundo riera y, de camino, para que JoseMari se entretuviera un rato con la espada tras arrebatársela al pequeño David.
El segundo año la cosa mejoró un poco: Champán. Siendo las fechas que eran, la celebración en la que nos encontrábamos, entendí que mi enemigo lo mismo quería una tregua, pero soy desconfiado y decidí esperar al tercer año.
Como dicen por ahí a la tercera va la vencida. Pensé que si se portaba medianamente bien, lo mismo bajaba mi calificación de enemigo invisible a neutral invisible.
Y llegó el día y apareció su regalo y confieso que aún no sé si dejarlo como enemigo o bajarlo a neutral. Porque el regalo se ha convertido en un arma de doble filo y no es que se trate de otra espada. El problema ha surgido en mi relación doméstica.
Os cuento; que hace tiempo que quería hacerlo pero, pese a que estoy de vacaciones, entre la resaca de ginebra consecuencia de la fiestorra, las horas muertas que me paso con el rastrillito y las arenitas de colores, y con el buda cambiándolo de sitio cada dos por tres en el belén, pues como que no había tenido tiempo para hacerlo.
Mi regalador invisible analizó mis gustos, cosa que le honra, y resultaron ser similares a los suyos en algunos aspectos, como son los medievales y los orientales.
Consecuencia: “las arenas Zen”.
Pero se olvido de un pequeño pero importante detalle cuando el regalo en cuestión tiene que ocupar un lugar en un mueble del salón: los gustos de mi mujer.
Desde aquel día, cada vez que llega mi mujer a casa y me ve con el rastrillito, la arenita, las velitas y el pequeño buda de las narices, pues comienza a descojonarse de la risa y me señala con un dedo mientras que con la otra mano se agarra la tripa. Para colmo, cuando logra calmarse y articular palabra y mi equilibrio y paz interior se han ido a tomar por culo por culpa de la vergüenza propia y ajena, me manda recogerlo.
Y ahí voy yo, como un niño chico recién regañado, como un perro con el rabo entre las piernas, a guardar mi rastrillito y las arenas de colorines, a soplar las velas esnifando por última vez su humo y a sacar al buda de la taberna del portal de belén con una cogorza más grande que la que cogí el sábado.
Y llegó el día y apareció su regalo y confieso que aún no sé si dejarlo como enemigo o bajarlo a neutral. Porque el regalo se ha convertido en un arma de doble filo y no es que se trate de otra espada. El problema ha surgido en mi relación doméstica.
Os cuento; que hace tiempo que quería hacerlo pero, pese a que estoy de vacaciones, entre la resaca de ginebra consecuencia de la fiestorra, las horas muertas que me paso con el rastrillito y las arenitas de colores, y con el buda cambiándolo de sitio cada dos por tres en el belén, pues como que no había tenido tiempo para hacerlo.
Mi regalador invisible analizó mis gustos, cosa que le honra, y resultaron ser similares a los suyos en algunos aspectos, como son los medievales y los orientales.
Consecuencia: “las arenas Zen”.
Pero se olvido de un pequeño pero importante detalle cuando el regalo en cuestión tiene que ocupar un lugar en un mueble del salón: los gustos de mi mujer.
Desde aquel día, cada vez que llega mi mujer a casa y me ve con el rastrillito, la arenita, las velitas y el pequeño buda de las narices, pues comienza a descojonarse de la risa y me señala con un dedo mientras que con la otra mano se agarra la tripa. Para colmo, cuando logra calmarse y articular palabra y mi equilibrio y paz interior se han ido a tomar por culo por culpa de la vergüenza propia y ajena, me manda recogerlo.
Y ahí voy yo, como un niño chico recién regañado, como un perro con el rabo entre las piernas, a guardar mi rastrillito y las arenas de colorines, a soplar las velas esnifando por última vez su humo y a sacar al buda de la taberna del portal de belén con una cogorza más grande que la que cogí el sábado.
Porque lo único que puedo hacer para guardarlo es meterlo todo en su cajita y en sus bolsas correspondientes; deshacer todos los circulitos trazados en la arena y olvidar el éxtasis oriental alcanzado. Ya que junto a la tele no hay hueco, en la mesa del comedor queda algo horteril, en la librería no cabe y debajo de la cama no puede ser porque tengo canapé.
Con lo fácil que hubiera sido con una película en DVD de cine clásico del bueno para poder verla sentado en mi sofá tranquilamente…
Con lo fácil que hubiera sido con una película en DVD de cine clásico del bueno para poder verla sentado en mi sofá tranquilamente…